Me Enamoré de un Trailero 💙 Relato Gay

Tenía 20 años, y la neta sentía que el mundo me estaba quedando grande. Estaba en cuarto semestre de Ingeniería Mecánica Automotriz, obsesionado con los motores de alto desempeño y los sistemas de inyección. Pero la pasión no quita el hambre.
Mi jefe se había quedado sin jale, y en mi casa las deudas ya no se estaban respirando en la nuca. Así que, sin hacerme mucho al vivo, busqué lo que fuera, y terminé cayendo en una gasolinera que está justo en la salida a la carretera, de esas que solo visitan los tráileres y las almas que no tienen a dónde llegar. Era mi primera noche.
El frío estaba perrón, de ese que te cala hasta las ideas, y yo ahí estaba, encerrado en la tiendita entre estantes de aceites y galletas rancias. A las 3 de la mañana, el silencio de la carretera te empieza a jugar chueco. Te pones a pensar en si de verdad vas a terminar la carrera, o si te vas a quedar ahí cobrando todas las noches, pensando, esto es todo lo que hay, cómo fue que llegué aquí, qué voy a hacer de mi vida, etc.
En eso, escuché el rugido. No era un motor cualquiera, era un bicho de esos grandes, de los que hacen que el suelo tiemble. Vi por el vidrio cómo esa mole se estacionaba, soltando el aire de los frenos con un suspiro que pareció durar una eternidad.
Se bajó un vato y, en cuanto cruzó la puerta, el aire cambió. Tenía unos cuarenta y tantos. Se le veía luego luego el colmillo.

Traía una chamarra de cuero toda gastada y unas botas que ya habían pisado todos los estados de la república. Tenía la cara curtida por el aire de la ruta y unos brazos que se veían que aguantaban cualquier chinga. ¿Qué onda, vato? ¿Cómo va la polilla? Me soltó con una voz bien ronca.
Se fue directo al servicio. No cerró la puerta y, en el silencio, se escuchaban sus movimientos con naturalidad. Al salir se dirigió a la cafetera.
Se sirvió un vasote de café negro y se acercó a la caja. Yo me le quedé viendo a sus manos. Tenía las uñas con ese rastro de grasa que no se quita ni con thinner, la marca de los que le meten mano a sus propias máquinas.
Todo tranqui, apenas empezando. Le dije, tratando de no verme tan verde, aunque seguro me olía la novatez a kilómetros. Son cuarenta varos del café.
El vato sacó un billete y me lo puso en el mostrador. Se me quedó viendo los libros que tenía abiertos a un lado de la caja. Unos de termodinámica y diagramas de motores.
¿Estudias palos fierros, morro? Me preguntó dándole un trago al café sin que le calara lo caliente. ¿O nomás te gusta ver los dibujitos? Estudio ingeniería, le respondí sintiendo un poquito de orgullo. Algún día quiero arreglar motores como el que traes allá afuera.
Ah, cabrón, salió picudo el chao. Pues está bien, hace falta gente que sí le sepa. ¿Y qué pasó con el don que trabajaba aquí? No sé, respondió.
Creo que se jubiló. Ah, pues ya era tiempo. Por cierto, me llamo Julián, por si te vuelvo a ver por aquí.
¿Por qué vas a aguantar el turno o te me vas a rajar a la primera semana? Me llamo Samuel. Aquí voy a seguir, Julián. La necesidad tiene cara de perro y yo también.
Le dije. Jajaja, no mames, estás guapo. Qué cara de perro vas a tener.
Pero chido, no descuides los estudios. Bueno, Samuel, ahí nos vemos. A seguirle, que aún me falta para llegar al destino.
Se dio la vuelta, se acomodó la gorra y salió de la tienda. Me quedé con esa palabra rebotando en la cabeza. Guapo.
Nadie me decía eso así, tan directo, tan de hombre a hombre. Pasaron las semanas y, la neta, ya era una pinche costumbre que me traía mal. Ya hasta me sabía el sonido de su motor desde que venía en la curva.
El corazón me empezaba a martillar antes de que el tráiler se estacionara. Bajaba, se estiraba como un león y siempre, pero siempre, se acomodaba el pack con una naturalidad que a mí me hacía que se me olvidara hasta cómo me llamaba. ¿Qué onda, Samuel? Prepárame el de siempre, ya te la sabes, me decía al entrar, echándome un guiño que me ponía a temblar.
Y luego seguía su ritual. Se iba directo al fondo, a refrescarse. Yo me hacía el que leía mis libros de ingeniería, subrayando cosas que ni entendía, pero en realidad no le perdía ni un movimiento.
No sé por qué, pero dejaba la puerta abierta de par en par. Se quitaba la chamarra y luego la playera, según él, para no mojarse mientras se lavaba el cuello y la cara. Yo me quedaba distraído, fingiendo concentrarme en mis libros.
Luego escuchaba el chorro caer con una fuerza que retumbaba en las paredes, un sonido tan natural, tan de hombre, que hacía que mi cordura se nublara. Minutos después, salía del fondo con esa tranquilidad que él tenía. Se ponía la playera y la chamarra sin prisa, sin darse cuenta del impacto que su presencia tenía en el ambiente.
Se acercaba al mostrador, tomaba su café y nos poníamos a platicar. —¿Y ahora qué estás estudiando, morro? —me preguntó una noche, mientras soplaba el humo de su café. —¿Sigues con eso de los pistones? —Sí, ando viéndolo de la relación de compresión.

Está medio perro, la neta. Le dije, tratando de que no se me notara que todavía tenía en la mente la imagen de su espalda. —Bah, la compresión es fácil, es como la vida.
Si le metes mucha presión a algo que no aguanta, termina tronando. Pero si el material es bueno, aguanta toda la chinga del mundo. Se me quedó viendo.
—Tú te ves de buen material, morro. —¿Neta? —respondí. —Pues deberías de ponerme a prueba para ver si aguanto y si soy de buen material.
Le solté sin pensar. Julian sonrió, dejó el vaso en el mostrador y dio un paso hacia la caja. Olía a cigarro, a café y a diésel.
Ese aroma típico de la carretera. —No me digas esas cosas, Samuel, porque me la creo. —me dijo bajito.
—Mira que yo soy de los que se llevan lo que les gusta y tú, bueno, me estás gustando. Se quedó ahí, a centímetros de mí. Yo sentía que el motor de mi pecho estaba a punto de desvielarse.
Sentí una gran cercanía, pero me quedé congelado frente a su presencia, como un conejo frente a las luces de un tráiler. —Bueno, ahí nos vemos, ingeniero —dijo dándome un último apretón en la mano, un roce que me quemó la piel. Piénsalo bien, que la próxima vez que pase igual ya no te pregunto.
Esa noche el destino se puso de mi lado con un apagón que dejó a toda la zona en una oscuridad de boca de lobo. Las lámparas de mercurio de la estación se apagaron de golpe y solo quedó el zumbido del viento pegando contra los vidrios. Le marqué a mi jefe y el don, bien práctico, me dijo.
—Cierra todo, Sammy. No tiene chiste que estés ahí de oquis sin luz. Pídete un transporte y lánzate a tu cantón.
Mañana vemos qué onda con la planta. Estaba yo poniendo los candados, sintiéndome bien solo en medio de la penumbra, cuando ese rugido familiar hizo eco en el asfalto. El tráiler de Julián se fue deteniendo despacito, soltando el aire con ese suspiro de metal que ya me conocía de memoria, bajo de la cabina con la linterna del cel prendida.
—¿Qué onda, Sammy? ¿Nos quedamos a oscuras o qué pedo? —preguntó acercándose con el cigarro encendido brillando como una brasa en la oscuridad. —Te fue la luz en toda la línea, Julián. Ya voy a cerrar, ni café hay, y el jefe me tiene monitoreado por las cámaras que tienen pila propia, así que no puedo ni invitarte a pasar, le dije, sintiendo una punzada de agüite por no poder tener nuestro ritual.
—Chale, qué mala onda. Déjame entrar a refrescarme. No me tardó ni un suspiro.
Le abrí, entró en chinga y salió a los dos minutos acomodándose el cinturón. Yo ya tenía mi mochila al hombro y el local bien cerrado. —¿Y cómo te vas a pelar de aquí, morro? —me preguntó echando el humo del cigarro hacia arriba.
—Pues iba a pedir un transporte por la aplicación, a ver si alguno se anima a venir hasta acá a estas horas, respondí, aunque la neta sabía que iba a estar difícil. Julián soltó una sonrisita de esas que te dicen que ya tiene todo planeado. —No mames, Sammy, te van a dejar aquí plantado.
Mejor súbete al bicho, yo te acerco a tu colonia. —Me queda de paso antes de agarrar la desviación. No me lo tuvo que decir dos veces.

Subir a ese camión fue como entrar a otro mundo. La cabina olía a una mezcla bien cabrona de cuero viejo, pino de ese que cuelgan del espejo y el aroma de Julián. El tablero estaba lleno de lucecitas rojas y verdes que parecían de nave espacial.
Él se acomodó en el asiento del capitán, soltó el freno y el motor rugió como un animal que por fin suelta la cadena. Llevamos en el camino y él no paraba de hablar. Me contaba que traía una carga de acero que tenía que entregar en el norte antes del mediodía, que la ruta estaba tranquila pero que el hambre ya le andaba.
Yo, la neta, ni le ponía atención a lo que decía de la carga. Mis ojos estaban clavados en sus brazos moviendo ese volante enorme y en su pierna derecha, que subía y bajaba con el embrague. —Está bien chida la palanca de velocidades, Julián, le dije, viendo ese fierro largo con la bola de madera arriba que sobresalía entre los dos.
Se ve que está perra de manejar. Puedo tocarla. Julián me miró de reojo con una chispa en los ojos que me puso a mil.
—Dale, morro, cálala tú mismo, para que veas lo que es sentir el poder de la máquina, dijo con esa voz que me nublaba los sentidos. El tiempo se detuvo en esa cabina. Julián no se quitó, al contrario, se acomodó mejor en el asiento y soltó un suspiro pesado.
—¿Y qué te parece? Creo que no has aprendido mucho en la escuela, pues creo que te equivocaste de palanca. —No, no lo hice, respondí. Se orilló en un acotamiento donde la oscuridad de la carretera era tan densa que el tráiler parecía una isla flotando en la nada.
—Vamos a ver si es cierto que sabes de mecánica, ingeniero, porque esta máquina necesita que le metas mano de verdad. Sus manos eran como lija, ásperas y seguras. Sabían exactamente cuánta presión aplicar para que un engrane no se rompa.
Yo, en cambio, me sentía como una pieza de precisión que nunca había sido puesta a prueba. —Mide el aceite, Julián, le dije. Pero toma en cuenta que nadie le ha metido mano a este motor antes.
Él soltó un suspiro largo y me rodeó con sus brazos de acero. —No te preocupes, Sammy, yo sé tratar a las máquinas finas. No se trata de meterle velocidad, sino de saber llevar el ritmo.
Julián me hablaba con una pasión que no venía en mis libros de ingeniería. Era como si la fuerza de su mundo, la del diésel y el asfalto, se me estuviera contagiando. Yo escuchaba atento, tratando de absorber cada palabra.
En ese momento entendí que la experiencia también enseña y que hay lecciones que solo se aprenden en la carretera. Esa noche, sentí que algo dentro de mí encajaba, como un engranaje que por fin encuentra su lugar. Me sentí puesto a prueba por el mejor maestro, entendiendo que la mecánica del alma es mucho más compleja que cualquier sistema de inyección.
Al final, nos quedamos ahí un momento. El silencio ya no era pesado. Era el silencio de dos viajeros cansados que, después de un largo tramo, por fin encuentran un respiro.
«Te lo dije, morro», murmuró Julián, acariciándome el pelo. «Hiciste un gran trabajo, Samuel. Aguantaste toda la ruta sin problemas».
Después de esa noche, el mundo cambió. Mi turno dejó de ser una carga para convertirse en una espera desesperada. Repetimos la dosis unas dos o tres veces por semana durante los siguientes seis meses.
Cada vez que ese motor rugía a lo lejos, yo ya sentía el calor en la cara. La cabina de su tráiler se volvió mi lugar seguro. Pero la vida, como la carretera, no se detiene por nadie.
Conseguí un mejor trabajo, uno de esos de oficina que iban más con mi carrera, y mis horarios se movieron. Dejé mi trabajo de noche, dejé las madrugadas de café frío, y poco a poco, la ruta de Julián y la mía se fueron abriendo como un tenedor en el camino. La última noche que pasamos juntos, él me abrazó fuertemente, como si quisiera retener aquel momento.
Se quitó su playera que olía a grasa y me la regaló, para que me recuerdes, dijo. Yo hice lo mismo con la mía. Nos las pusimos, sacó su celular, y nos tomamos una selfie.
Y después no hubo una despedida de película, solo un último roce de manos, un, ahí nos vemos, ingeniero, y el sonido del aire de sus frenos alejándose hacia el norte. No cambiamos número, pues sabía que él era casado, con familia. El adiós era inevitable.
Han pasado diez años. Ya tengo el título colgado en la pared y me encargo de flotas completas en una empresa de transporte. Sé todo sobre torque, revoluciones y mantenimiento preventivo, pero hay cosas que la ingeniería no puede explicar.
No lo he vuelto a ver. A veces me pregunto si seguirá recorriendo los mismos estados, si habrá cambiado de unidad o si todavía se acordará del morrito que estudiaba termodinámica bajo la luz de los neones. Pero cada vez que voy en la carretera y veo un tráiler de esos grandes, imponentes, algo en mi pecho se acelera.
Go. Un día, mientras daba mi supervisión rutinaria en el taller de la empresa, caminando entre charcos de aceite y el ruido de las llaves neumáticas, escuché una voz que me detuvo en seco. Era un tono profundo, una vibración que conocía perfectamente.
¿Te conozco? Dijo esa voz a mis espaldas. Mi corazón empezó a latir con una fuerza que me dolió en las costillas. Me quedé congelado un segundo.
¿Acaso era él? ¿Había regresado después de tanto tiempo? Volteé con la esperanza quemándome la garganta, pero no, no era Julián. Frente a mí estaba un hombre similar a mi edad o quizás un par de años más joven. Traía un uniforme de mecánico con el nombre de nuestra empresa.
Se me quedó viendo fijamente. Disculpa, no te recuerdo, le dije. Sí, tú no me conozcas, pero yo sí.
Desde hace tiempo te veo, pero no estaba seguro si eras tú. No entiendo, dije. Entonces sacó su celular y me mostró aquella selfie que me había tomado con Julián frente a su tráiler.
Tú eres el de la foto, ¿verdad? El ingeniero Samuel. Dijo y noté que su voz temblaba un poco. No podía creerlo, quedé en shock.
Era la foto que me tomé con Julián cuando nos despedimos. Sí, sí soy yo, respondí. No manches, cabrón.
Mi jefe siempre hablaba de ti. Decía que eras el único que le entendía de verdad a los motores. Eras amigo de mi padre, ¿cierto? Se me hizo un nudo en la garganta que no me dejaba ni respirar.
Sí, es amigo, logré decir. ¿Cómo está él? ¿Dónde anda Julián? El chavo bajó la mirada. Tuvo un accidente.
No la libró, pero siempre hablaba de un estudiante de la gasolinera que le enseñó que hasta el acero más duro necesita cuidado. Sentí que el taller se me venía encima. La noticia me pegó como un choque de frente.
Y entonces la vi. Traía puesta una playera vieja, descolorida, que me resultaba familiar. Era la mía, la que yo le regalé a Julián aquella última noche.
Me llamó Javier, dijo. Cuando le estreché la mano, sentí un choque eléctrico que me recorrió toda la columna, un chispazo que no sentía desde hacía años. El chavo me sostuvo la mirada sin soltarme, con una seguridad que me puso los pelos de punta.
Era una mirada cargada de una intención que no necesitaba palabras. Me sonrió de esa forma aladeada y me apretó la mano con una fuerza firme. Javier apretó mi mano una vez más y sonrió de lado.
Se ve que estás hecho de buen material, ingeniero. Le devolví la sonrisa. Tú también, pues habrá que ponernos a prueba.
Fin o ¿será el comienzo?
🌈 ¿Quieres más? Aquí encontrarás mi contenido más premium y exclusivo en video. ❤️🔥

.png)

Comentarios